Monsagro homenajea a su patrón San Julián.
Con el primer mes del recién estrenado año a punto de rendir cuentas, los monsagreños, como cada 28 de enero, engalanan y festejan a su patrón, el obispo San Julián.
La llegada de este mes de enero de 2026, quedará indeleblemente signada en la memoria de los monsagreños por dos hechos luctuosos de vital relevancia, la horripilante catástrofe acaecida en Suiza con 40 fallecidos y más de 100 heridos en el incendio de un centro turístico de esquí en Nochevieja, y el espantoso accidente ferroviario de la tarde noche del 18 en la localidad cordobesa de Adamuz con 45 fenecidos y más de un centenar y medio de heridos de distinta consideración – a los que cabe sumar la muerte de un maquinista en Cataluña dos días después – dos aciagos acontecimientos de alcance mundial de muy distinta procedencia y ubicación, pero igualmente trágicos.
Los vecinos de Monsagro se solidarizan con el dolor por la pérdida de tantas vidas, el más sentido pésame para todos los familiares de los fallecidos.
No está datada con certeza, la fecha en la que el santo obispo de Cuenca es tomado como patrón de la villa de Monsagro, pero la tradición oral lo cifra en cientos de años; desde el remoto pasado se viene celebrando la festividad de San Julián en Monsagro, como patrón indiscutible de la villa, que conmemora en esta fecha su fiesta patronal de invierno.
La festividad se rige por unos cánones prácticamente invariables a lo largo de los años, si acaso, algunas sutiles diferencias en lo tocante a lo profano, en lo clerical, resiste la celebración prácticamente de forma inalterada a lo largo de los tiempos. Aunque cabe destacar, que por primera vez, que se tenga constancia de ello, la fiesta del patrón San Julián, no se celebró en la fecha oficial, en esta ocasión se celebró el sábado 31, el motivo, la intensa nevada caida durante la noche del 27 al 28, provocó que tuviera que ser diferida al sábado inmediato.
Comenzó la jornada festiva, con la eucaristía a las 13´15, misa solemne presidida por el santo debidamente engalanado sobre sus añejas andas, al finalizar la cual, procesionó por las calles de Monsagro con todo el boato pertinente, y ofertorio a la puerta de la iglesia, para seguidamente, acceder al local multiusos de las antiguas escuelas, donde se degustó una comida de hermandad ofrecida por el Ayuntamiento – Esta es, una de las diferencias profanas introducidas últimamente, antiguamente la reunión consistía en un convite ofrecido por el mayordomo – a continuación, retirada de sillas y mesas por los asistentes, para convertir el local multiusos en una improvisada pista de baile, en la que «Tito del Rubiaco» amenizó a los vecinos con música de baile de todos los tiempos. Finalizó la jornada festiva con un chocolate vespertino, en el mismo local, ofertado por el consistorio a su vecinos.
Aunque a destiempo, por fin el sábado, San Julián pudo contar con el calor de sus feligreses, para un año más, recorrer las calles de su querido pueblo; la nieve, protagonista indiscutible el martes 28, cedió el testigo a la verdadera figura de este mes de enero en Monsagro.
Una jornada, otrora multitudinaria, en la que se pusieron de manifiesto un par de cosas a tener en cuenta, la primera: la buena armonía entre generaciones, abuelos, padres e hijos, compartiendo el mismo espíritu festivo, y la segunda: que cada vez resulta más reducido el número de asistentes.
Llegados a este punto, no puede uno sustraerse a la tentación de rememorar un antaño, que visto desde el espejo retrovisor que aporta la edad – para los que ya peinamos canas – nos conduce a épocas pretéritas, más duras, sin lugar a dudas, pero por otra parte, mucho más bulliciosas, en las que el tamboril del «Tío Piteo» se tornaba en protagonista en lo concerniente a lo laico, pues era el encargado del baile posterior, hogaño, sustituido por modernos DJS, así lo marcan los tiempos y nada se puede hacer por remediar el acuciante deterioro del medio rural, al menos a corto plazo, sírvanos a los monsagreños, el consuelo de celebrar todavía, nuestra fiesta patronal, y qué mejor forma de concluir la celebración, que con el grito que suele expresarse a la terminación del ofertorio:
¡Viva San Julián!

























